martes, 14 de mayo de 2013

¿Será cosa del miedo?



En algún momento de la vida, si no en varios, aparece el miedo a lo desconocido. La dificultad de enfrentarse a algo nuevo y el esfuerzo que ello nos supone, hace que prefiramos quedarnos como estamos.  A veces es el miedo al cambio. ¿Es mejor renunciar a lo que quieres antes de enfrentarte al cambio? ¿Y si el cambio trajera cosas buenas?

Hoy os quiero contar una historia de miedo… y de excusas. Una historia de uno de esos días que es mejor no levantarse.

Es por la mañana, voy con el tiempo justo y, justo antes de salir de casa, se me ha roto la cremallera de una bota, ¿será la primera señal de que algo irá mal?
Más tarde sufro un accidente casero: se rompe la lavadora y  desagua en plena cocina. Evidentemente yo no me doy cuenta hasta que al entrar, descubro que mis pies ya no tocan el suelo y que sobrevuelan, creo yo, por encima de mi cabeza. Caigo de espaldas. Tendida en el suelo pienso “no me he roto nada de milagro”. Hago un chequeo mental. Parece que no hay nada roto…salvo un ligero dolor en el coxis que me acompañará el resto del día o de la semana, parece que estoy bien. ¿Segunda señal de un fatídico día?
Ante este accidente, empiezo a llegar tarde a la  reunión que va a suponer una nueva oportunidad en mi vida. Me dirijo al metro. La tarjeta para validar el viaje se me queda atascada en la máquina, ni sale ni se abren las puertas. ¿Es la tercera señal? Respiro profundamente… eso calma los nervios y ayuda a ver los acontecimientos con mayor perspectiva.
Recupero la tarjeta y me digo “¡menuda última media hora de mi vida!”. Al menos
esta vez tengo mi libreta en mano para apuntar las ideas que se me pasan por la cabeza. Y escribo y escribo y escribo para no hacer caso a las señales del universo que me están chillando para que no vaya a la reunión. Pero yo les grito aún más fuerte "¡¡¡esta vez NO!!!". Aúllo desde lo mas profundo de mi interior. Esas señales que detecto son los miedos de mi
yo
más o menos profundo que no quiere cambiar, que quiere dejar las cosas como están. Es como si mis miedos estuvieran confabulando con el destino. Ja! ¡¿El destino?!

  ¡Mi destino me lo labro yo!


 Pero si antes de salir de casa hasta le he dicho a mi pareja con tono pseudolastimero “si quieres me quedo para ayudarte a recoger” como para dejar la responsabilidad de mi decisión en manos de otro. Me mira perplejo. Me doy cuenta de lo que acabo de hacer: busco una excusa para no enfrentarme a algo nuevo.  Es mi vida y es mi oportunidad. No la dejaré escapar. Esta vez yo tomo las riendas. Hoy, al paso que mi coxis me permita, cabalgo sobre mi propio tigre[1].


[1] El arte de la Estratagema, Giorgio Nardone
 

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